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Hace 10 años me compré un libro un tanto “extraño”. Reconozco que lo empecé a leer pero no fui capaz de asimilarlo.
Era una época en la que ya estaba metido de lleno en Internet, no sólo como usuario, sino como profesional del medio. Por aquel entonces trabajaba como asesor comercial de un portal inmobiliario llamado Globaliza (http://www.globaliza.com/). Era el boom de la red, las startups surgían como champiñones, pero poco después la mayoría de esos champiñones se quemaron o, simplemente, dejaron de gustar.

Había mucha información, pero un tanto caótica, y mis inquietudes del momento eran todo lo que tuviera que ver con Internet.
Ví la portada del libro y me llamó la atención, lo compré y, lo reconozco, fue lo que llaman los expertos en marketing una compra compulsiva.

Dos suecos con la cabeza rapada y que predicaban que cualquier negocio debía ser “funky”. La propuesta, cuanto menos parecía atractiva.

Esta semana he empezado a releerlo y lo estoy entendiendo de modo diferente después de 10 años.
Hay una de las frases a modo de icono del libro que me gusta: “el talento mueve al capital”, y a esa frase enlazo otra: “si el conocimiento es poder, el poder está potencialmente en todas partes”.

En mi trabajo cada día lo veo y me reafirmo con estas afirmaciones, el mayor potencial y motor de la empresa en la que trabajo es el conocimiento y talento de sus empleados, en todas sus vertientes. Porque al final en mi trabajo lo fundamental es la venta, y la venta y asesoría en telecomunicaciones depende siempre al final del talento y capacidad de cada persona.

Os escribo un pasaje del primer capítulo del libro, creo que es muy agudo:

“Hemos ganado. Es la época del triunfo del capitalismo. Hemos conquistado el mundo, de Pekín a Baltimore, de San Petersburgo a Singapur. Los políticos occidentales apenas pueden ocultar su satisfacción al recorrer las bolsas de comercio en lo que otrora fueron feudos comunistas. A los empresarios les brillan los ojos cuando les presentan a empresarios chinos que han amasado fortunas de un día para otro. Desde la caída del muro de Berlín, se respira triunfalismo. El capitalismo über alles (por encima de todo).

Pero hay un pequeño problema. Karl Marx tenía razón…… ………. Estaban en lo cierto porque suscribieron la teoría marxista según la cual los trabajadores debían poseer los bienes más preciados, los medios de producción clave. Ahora es así. Tal vez siempre fue así y no fuimos capaces de darnos cuenta.
Los trabajadores controlan los principales medios de producción. La primera parte de la revolución ha concluido. Todos los trabajadores (los de las empresas de software de Francfort, los de los astilleros de Stavanger, los creativos de las agencias de publicidad chinas, los oficinistas de Sydney, los obreros de las fábricas de Los Ángeles, los intermediarios comerciales de Singapur….) emplean sus mentes, y a veces sus cuerpos, para crear nueva riqueza. En una empresa moderna, el 70 u 80 por 100 del trabajo de los empleados depende de su intelecto. El principal medio de producción es pequeño, gris y pesa alrededor de 1.300 gramos. Se trata del cerebro humano”

Os recomiendo la lectura de este libro, una manera diferente de ver los negocios.
FUNKY BUSINESS, de Jonas Ridderstrale y Kjell Nordström.

http://www.funkybusiness.com/

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Os paso la reseña, muy recomendable:

LA OCA DEL SEÑOR BUSH

Lluís Bassets

Ediciones Península

Este libro de Lluis Bassets es la crónica de una revolución. Una revolución conservadora que se proponía afianzar el poder del presidente de Estados Unidos en su propio país y en el mundo durante todo el siglo XXI. No fue fruto de una conspiración secreta ni de una organización subversiva, sino de la maduración de las ideas políticas y económicas de un grupo de periodistas, diplomáticos y funcionarios, los neocons o neoconservadores, dispuestos a destruir el orden jurídico internacional organizado por EE.UU. al final de la guerra mundial y a recortar las libertades públicas en nombre de la lucha contra el terrorismo. Afortunadamente, es también, como explica Lluís Bassets con su perspicaz sentido de la historia y capacidad de análisis, la crónica de un fracaso: la revolución neocon no ha conseguido sus objetivos, gracias a los errores de quienes asaltaron este Palacio de Invierno y a la soberbia de sus protagonistas. La primera víctima de este fracaso es la propia superpotencia, cuyo declive ha sido acelerado por la acción de Bush y sus neocons. Pero de esta revolución fracasada está surgiendo un nuevo desorden mundial lleno de emboscadas y riesgos para todos.

Prólogo

Primero fue la euforia de una carrera triunfal e irreflenable. Pronto llegaron el pozo, la cárcel, el ahorcado, la muerte. El regreso a la casilla de partida. Todo dictado por el azar de esos dados erráticos en manos de un mal actor que se pavonea sobre el escenario mundial. Estamos en un mundo nuevo, plagado de nuevas amenazas y peligros, que necesita nuevos conceptos y métodos de combate. Quien no sepa entenderlo quedará condenado a la insignificancia, a descartarse de este juego. Con este juego en su cabeza se puso en marcha aquella coalición de voluntarios que iba a salvarnos del nuevo Eje del Mal, reproducción clónica de aquel eje derrotado hace sesenta años en las playas de Normandía y en las islas perdidas del Pacífico. Él era el aguerrido comandante en jefe preparado para todo, dispuesto a todo. Para emprender esta cruzada, requirió y obtuvo todas las armas legales, y también ilegales que necesita un César para lanzar a sus legiones a la guerra. Con todos estos poderes en la mano, advirtió, amenazó, emplazó. A los enemigo y a los amigos, a los tibios y a los indóciles. Denostó y excomulgó a quienes no se plegaron a sus designios y les apartó de los fabulosos beneficios futuros que iba a rendir su filantrópica empresa. Amañó, falsificó, manipuló y mintió. Al fin, desde una isla en mitad del Atlántico acompañado de sus más dilectos aliados, lanzó su última admonición, antes de desencadenar sobre Irak la conmoción y el pasmo (shock and awe). Ahí empezó este juego de la oca que no podía terminar bien, que no terminará bien; esta partida mortal que no ha concluido y que nadie sabe muy bien cómo hacer para que concluya.
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